Es un estado especial. Eso seguro. Lo primero que aparece es una sonrisa inmensa, como si no encontrara el límite de las comisuras de los labios. Una sonrisa pegada a la cara de la que no puedes desprenderte. Después aparecen otros síntomas menos poéticos si cabe, pero tan inevitables como sonreír. Los pechos crecen, y da igual si ya son grandes o han sido pequeños siempre. Crecen igualmente. El vientre se redondea y por primera vez te alegras de que la báscula vaya marcando un kilo más por mes. Tus primeros movimientos fueron como tus primeros pasos. Te contaba cuentos y te cantaba nanas, y te llevaba a todos lados conmigo. No podía dejar de acariciarte todo el tiempo y de perseguirte con mis manos, y amarte, amarte desde el principio de los principios. Tanto te amaba que pensé que no podría amar a nadie más. Quería ser toda para ti. Pero entonces, mis pechos volvieron a crecer. Y si tú me descubriste la grandeza del amor, él me descubrió que el amor no tiene límites. Vivir con alguien dentro de tu cuerpo y de tu alma es maravilloso, pero vivir de nuevo la experiencia es la maravilla de las maravillas. No importa cuántos pepinillos tengas que comer, o cuántas veces se te doblen los riñones o tengas que despertar en mitad de la noche. Cada vez es una oportunidad para recordar cuánto amor cabe dentro. Después, fuera ya de la primera cuna, pasado el sueño y pasado el momento de separarnos el uno del otro, llega el día de poder sentir piel con piel, y ahí sabes que ya no habrá ningún cordón umbilical que te pueda volver a separar. Con lo que no contaba es con que la vida me regalara una oportunidad más para soñar. Y ahí estáis los tres, tan dentro y tan fuera de mi. Tan míos y tan vuestros. Sólo espero que la vida os regale la mismas satisfacciones que vosotros me habéis regalado a mi.
Gracias a todos por vuestra mirada.
lunes, 29 de diciembre de 2008
Un estado especial
Quería esperar para iniciar el nuevo año con un pequeño homenaje a mis tres amores, pero el amor no entiende de esperas. Ustedes me entenderán.
viernes, 19 de diciembre de 2008
¡Feliz Navidad!

Queridos amigos:
Llevo varios días pensando una dedicatoria para felicitaros la Navidad. Pero tantos buenos deseos no caben en un trozo de papel. Las palabras a veces se quedan pequeñas ante la grandeza de las emociones. Y yo, quiero deciros que mi emoción es tan grande ante cada una de las palabras que he recibido de vuestra parte que sólo puedo deciros: GRACIAS.
He pedido a los Reyes Magos que os traigan un saco lleno de hadas para que todos vuestros deseos se cumplan y que las musas no os abandonen jamás.
También les he pedido tiempo. Tiempo para poder seguir disfrutando de cada una de vuestras entradas llenas de poesía, de historias, de vivencias, de emociones, de imágenes...
Y para terminar decir que además de las navidades de diseño, sigue existiendo una emoción casi infantil que saca lo mejor de nosotros mismos.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!
Llevo varios días pensando una dedicatoria para felicitaros la Navidad. Pero tantos buenos deseos no caben en un trozo de papel. Las palabras a veces se quedan pequeñas ante la grandeza de las emociones. Y yo, quiero deciros que mi emoción es tan grande ante cada una de las palabras que he recibido de vuestra parte que sólo puedo deciros: GRACIAS.
He pedido a los Reyes Magos que os traigan un saco lleno de hadas para que todos vuestros deseos se cumplan y que las musas no os abandonen jamás.
También les he pedido tiempo. Tiempo para poder seguir disfrutando de cada una de vuestras entradas llenas de poesía, de historias, de vivencias, de emociones, de imágenes...
Y para terminar decir que además de las navidades de diseño, sigue existiendo una emoción casi infantil que saca lo mejor de nosotros mismos.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!
martes, 2 de diciembre de 2008
Cómo olvidar la magia.
Cómo se puede olvidar todo lo que no se ha dicho y ha quedado por decir. Olvidar el aire que quedó sin respirar, asfixiándose, ahogándose en la garganta. El dolor de las caricias postergadas, los besos a destiempo, los desvelos en la madrugada, los deseos insatisfechos. Cómo olvidar las coincidencias imposibles, las lágrimas desgastadas, los desencuentros, los encuentros desatinados, los calendarios desprogramados, las ilusiones hechas pedazos entre cuadrantes descuadrados. Cómo olvidar que nos quisimos tanto. Cómo olvidar que iba de tu mano, siempre contigo, siempre a tu lado. Cómo olvidar los versos que te regalaba, cómo olvidar nuestra magia. Esa misma magia que ahora no sabe cómo olvidarnos.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Versiones
La ilusión
No quiero conocerte, ni verte, ni tocarte, ni abrazarte, ni besarte. No quiero que me hables con tu voz porque sonaría diferente a la voz que consuela mis desvelos. No quiero que veas mis ojos verdes, ni mis pechos blancos, ni acaricies mi melena revuelta, ni mi piel necesitada. No quiero convertirme de repente en una mujer cualquiera, porque desaparecerías para siempre. Y sin ti, desaparecería la ilusión de alcanzarte.
No quiero conocerte, ni verte, ni tocarte, ni abrazarte, ni besarte. No quiero que me hables con tu voz porque sonaría diferente a la voz que consuela mis desvelos. No quiero que veas mis ojos verdes, ni mis pechos blancos, ni acaricies mi melena revuelta, ni mi piel necesitada. No quiero convertirme de repente en una mujer cualquiera, porque desaparecerías para siempre. Y sin ti, desaparecería la ilusión de alcanzarte.
Síntomas
No quiero nada más. Sé que queríamos todo. Saberlo todo el uno del otro. Saber el lugar de nacimiento, el nombre de la madre, del padre, de los hermanos. Saber a qué edad perdimos la virginidad, con quién, cómo fue. Queríamos olernos, y tocarnos, y besarnos, y pasear por los parques cogidos de la mano. Y hacer el amor al caer la noche en una cabaña en lo alto de un monte. Y queríamos seguir viéndonos toda la vida y que la vida no se acabara nunca. Queríamos encontrarnos al doblar una esquina, y llamarnos para escuchar nuestras voces diciendo “te quiero” una vez más. Pero al doblar la esquina, me di cuenta que dentro de un tiempo ya no me sorprendería encontrarte, y que tal vez el móvil dejaría de sonar un día inesperadamente, y que cambiarías una noche de amor por una de trabajo, y que conocería a tu familia y perderían el encanto de tus sensaciones. Y que sólo quedarían besos y abrazos en una cama almidonada, y olvidaríamos pasear por el parque cogidos de la mano. Que tu olor se confundiría con el mío y me olería diferente. Y llegaría el día en que sería tu mujer para siempre, o tu amante ocasional, pero que ya no querrías conocer todo de mi, porque sin saberlo, creerías saberlo. Y entonces desaparecería para siempre aquello que fue y dejó de serlo. No quiero nada más. Sólo quiero que sea lo que fue antes de dejar de serlo.
domingo, 16 de noviembre de 2008
El último beso
Dejé mi despedida sobre la almohada, después de hacernos el amor como dos locos poseídos, como dos locos que saben que será la última vez. Después de haber esperado mucho, después de habernos amado mucho, después de darnos todos los besos y haber saboreado cada rincón oculto. Después de enredar el alma entre las piernas y entre los brazos, y acariciarla con nuestras manos y nuestras bocas. El deseo desbordado de los límites de la palabra.
Los dos estuvimos de acuerdo. Sólo una vez más. Escribí un simple adiós con un lápiz improvisado. Tan simple que me tembló el pulso. Tan simple que no pude escribir una palabra más. Como si todo ya estuviera escrito desde antes y para siempre. No me volví a mirarte. No me hubiera podido marchar si hubiera vuelto a ver tu pelo revuelto entre las sábanas mojadas, y hubiera vuelto a enredar mis dedos entre tus rizos. No hubiera podido cerrar la puerta dejando atrás tu mirada condenada al olvido desde el principio. No te di el último beso. Salí de puntillas tal y como entré en tu vida, pillándote desprevenido. Sin hacer ruido, sin levantar sospechas. Recogí mi ropa esparcida por la cama y por el suelo y me vestí a medias. Salí descalza y con la respiración contenida. Se escuchó un “clic”, y después silencio. Me crucé con otro huésped que intentaba abrir su cerradura, o tal vez cerrarla como estaba haciendo yo. Susurró un “buena noches” con los ojos caídos y la voz a medias. Casi tan inaudible como la mía. Todavía no había amanecido. Aún es de noche.
Los dos estuvimos de acuerdo. Sólo una vez más. Escribí un simple adiós con un lápiz improvisado. Tan simple que me tembló el pulso. Tan simple que no pude escribir una palabra más. Como si todo ya estuviera escrito desde antes y para siempre. No me volví a mirarte. No me hubiera podido marchar si hubiera vuelto a ver tu pelo revuelto entre las sábanas mojadas, y hubiera vuelto a enredar mis dedos entre tus rizos. No hubiera podido cerrar la puerta dejando atrás tu mirada condenada al olvido desde el principio. No te di el último beso. Salí de puntillas tal y como entré en tu vida, pillándote desprevenido. Sin hacer ruido, sin levantar sospechas. Recogí mi ropa esparcida por la cama y por el suelo y me vestí a medias. Salí descalza y con la respiración contenida. Se escuchó un “clic”, y después silencio. Me crucé con otro huésped que intentaba abrir su cerradura, o tal vez cerrarla como estaba haciendo yo. Susurró un “buena noches” con los ojos caídos y la voz a medias. Casi tan inaudible como la mía. Todavía no había amanecido. Aún es de noche.
martes, 11 de noviembre de 2008
¡Qué cosas!
¡Qué cosas! Desde que te has ido vivo con una extraña. A penas habla, y su café es demasiado negro y demasiado amargo de buena mañana. Se cepilla el pelo sin ganas a la hora de dormir, se queda fija en el espejo durante un rato, y a medida que se mira, parece que se transformara. Luego se mete en la cama con un pijama viejo, y se abraza a la almohada. Algunas noches la oigo llorar hasta la madrugada. No lee, ni escucha música, ni baila. Vaga como un fantasma, husmeando todo el tiempo, como si respirara algo que le falta. Nunca invita a nadie. Hace cosas extrañas. Come a deshoras, no cocina, ni limpia la casa. Habla sola por los rincones y ha desconectado el móvil. Se viste con la misma ropa y dicen, los que la conocen, que tiene desviada la mirada. Se desploma en tu sillón y yo casi la miro con rabia. ¡Qué cosas! Nunca la había visto antes de tu marcha. Y ahora, es como una condena tenerla a todas horas pegada. Trato de ignorarla, pero siempre termina arrastrándome a esos lugares a los que juré no volver. No me gusta esta extraña. Repite cada día los mismos pasos como si fuera la única forma de darlos. Le estorba la luz y va tropezando con los pocos muebles que quedaron. No quiere escucharme. Creo que se regocija sufriendo. ¡Qué cosas tiene esta extraña! Sin embargo, a veces creo, que podremos ser amigas con el tiempo. Con el tiempo.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Cuando por fin...
"La gente feliz no tiene historia"
(Simone de Beauvoir)
Cuando ya no te piense, ni te añore, ni te busque entre luces
de tinieblas, ni te espere en el tiempo inexistente, sabré que te has ido para
siempre.
Cuando sople las cenizas al viento junto con tu nombre
rechinando entre los dientes, y el mar ya no me sepa a tu boca, ni las sábanas me duelan en la piel, sabré que te
has ido para siempre.
Cuando ya no me invente tu mirada ni la vea reflejada en la
luna de mis noches. Cuando sólo escuche mi latido latiendo al compás de mi
existencia, sabré que te has ido para siempre.
Cuando pueda volver a escuchar el sonido de las risas, y respirar
el aire sin asfixiarme en tu aroma, y sentir mis manos al contacto cálido de
otra mano amiga.
Cuando mis ojos puedan mirar el mundo sin ver tu sombra arrastrándome de nuevo en una inútil búsqueda, sabré que te has ido para siempre.
Cuando mis ojos puedan mirar el mundo sin ver tu sombra arrastrándome de nuevo en una inútil búsqueda, sabré que te has ido para siempre.
Y por fin, dejaré de respirarte, de pensarte, de añorarte, de
nombrarte. De amarte. Por fin te habrás ido para siempre.
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