Gracias a todos por vuestra mirada.

viernes, 16 de junio de 2017

Anestesia

Ya no habrá más noches
sin su dosis de insomnio correspondiente
ni más amaneceres sin el llanto que merecen
por derecho propio.

Ya no habrá más anestesia para el dolor
que crece por mi cuerpo
como una enredadera
amenazando mi existencia.

Haré frente a mi condena
con toda la dignidad del que sabe
que el olvido no es una opción
para los que sufren de locura.

Dejaré que toda la sangre acumulada
en primaveras muertas,
brote de la herida
hasta erradicar el último poso de tristeza
o hasta quedarme sin sangre
si fuera necesario.

martes, 13 de junio de 2017

Tu esquela
Me pregunto si has podido morirte
sin que mi corazón me haya dado aviso.
Siempre pensé que si algo malo sucediese,
le saldría una erupción a la luna
o un eclipse solar me anunciaría tu muerte.
Tal vez el cartero me traería
una carta póstuma sin acuse de recibo
o leería en el periódico una esquela
pidiendo por el descanso de tu alma.
Los días pasan y nada indica
que sigas vivo,
sólo tu silencio de costumbre,
tu indiferencia de siempre,
y este océano insalvable

que nunca se movió de su sitio.

domingo, 22 de enero de 2017

Venecia

Yo estuve en Venecia. Las calles eran agua navegando en busca del romanticismo perdido. Pero Venecia era solo un mito, una ciudad que se tragó nuestros últimos abrazos en la Plaza San Marcos, esperando que el mar se retirara y las calles volvieran a ocupar su sitio.

martes, 4 de octubre de 2016

Puertas al campo

Me estoy volviendo perezosa
para gastar palabras
que pueden decirse con un beso,
con un gesto,
con una caricia reclamando su derecho
a decir la última palabra
cuando todo ya está dicho.
Y es que el cuerpo no entiende
de caligrafías con buena letra
ni  paréntesis que tratan de explicar
lo que no alcanza a explicar el sustantivo.
La piel solo entiende de versos
que se escriben con la sangre que huye, 
del trazo firme y obstinado
en repetir el discurso
que dictan las normas de buenas costumbres.
Versos que solo pueden escribirse
en tus párpados,
en tu espalda
en tu pecho,
en el punto exacto del poema
que reclama por entero al cuerpo,
y comprende al fin, que no se pueden poner
puertas al campo.


domingo, 25 de septiembre de 2016

Adicta al mar

Lo confieso,
soy adicta al mar.
Me gusta admirar su grandeza
desde el acantilado
casi tanto como acariciar
con mis pies desnudos
la arena de su playa.
Me gusta dejarme mecer
por sus olas
en ese ir y venir de las mareas.
Necesito al mar como aliado,
el que siempre me espera paciente,
el que no tiene prisa
de volver a ninguna parte.
Él siempre está ahí
para darme sus besos de sal
para contar conmigo estrellas
para dejarme beber de la luna
y dormirnos en la orilla de la noche

hasta que el amanecer nos despierta.

domingo, 28 de agosto de 2016

Llueve

Hay un momento
en el que declina la vida
y siempre piensas que puede ser peor.
Entonces te reconcilias con ella
y ves el aire, lo respiras
le pones color a los árboles
y el cielo se vuelve azul
y la noche llueve estrellas.
Momentos que duran el instante
que dura la vida,
y vuelve hacerse el cielo negro
y vuelve la noche a llover puñales.
Y en el declinar sigues remando
a veces contra corriente
a veces rendida al viento,
al menos para descansar,
como el que descansa sus pasos
sentado en una piedra
y vuelve a reanudar el camino.

sábado, 6 de agosto de 2016

El último encuentro

El último encuentro amoroso se produce
mucho antes del último encuentro amoroso.
(Mariana Díaz)

Debí irme aquél día que se rompió el abrazo
y se me cayeron los dedos de tus rizos,
aquél instante donde la luna  se detuvo
y cambió el rumbo de la noche.
Debí  irme cuando comencé a desdibujarme
del paisaje,
de la línea trazada de la tierra al infinito
—quien dice el infinito  dice el viaje que nunca hicimos
o aquellos  otros, donde mis huellas se perdieron
en un mapa inexistente—.
Debí salir huyendo con las pocas pertenencias
que todavía me quedaban
esparcidas por la cama y por el suelo;
los besos que aún conservaban la ilusión
de besar el tiempo y la distancia
el calor de tu cuerpo fundiéndose
en las yemas de mis dedos.
Debí irme mucho antes de empezar la batalla
mucho antes de que la verdad
quedara a la intemperie
sin una caricia que pudiera resguardarla
sin una palabra que pudiera desdecirse
sin una mirada que conservara
la luz de las estrellas.
Debí irme a tiempo, pero el tiempo no existe
cuando amas.