Gracias a todos por vuestra mirada.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Adicta al mar

Lo confieso,
soy adicta al mar.
Me gusta admirar su grandeza
desde el acantilado
casi tanto como acariciar
con mis pies desnudos
la arena de su playa.
Me gusta dejarme mecer
por sus olas
en ese ir y venir de las mareas.
Necesito al mar como aliado,
el que siempre me espera paciente,
el que no tiene prisa
de volver a ninguna parte.
Él siempre está ahí
para darme sus besos de sal
para contar conmigo estrellas
para dejarme beber de la luna
y dormirnos en la orilla de la noche

hasta que el amanecer nos despierta.

domingo, 28 de agosto de 2016

Llueve

Hay un momento
en el que declina la vida
y siempre piensas que puede ser peor.
Entonces te reconcilias con ella
y ves el aire, lo respiras
le pones color a los árboles
y el cielo se vuelve azul
y la noche llueve estrellas.
Momentos que duran el instante
que dura la vida,
y vuelve hacerse el cielo negro
y vuelve la noche a llover puñales.
Y en el declinar sigues remando
a veces contra corriente
a veces rendida al viento,
al menos para descansar,
como el que descansa sus pasos
sentado en una piedra
y vuelve a reanudar el camino.

sábado, 6 de agosto de 2016

El último encuentro

El último encuentro amoroso se produce
mucho antes del último encuentro amoroso.
(Mariana Díaz)

Debí irme aquél día que se rompió el abrazo
y se me cayeron los dedos de tus rizos,
aquél instante donde la luna  se detuvo
y cambió el rumbo de la noche.
Debí  irme cuando comencé a desdibujarme
del paisaje,
de la línea trazada de la tierra al infinito
—quien dice el infinito  dice el viaje que nunca hicimos
o aquellos  otros, donde mis huellas se perdieron
en un mapa inexistente—.
Debí salir huyendo con las pocas pertenencias
que todavía me quedaban
esparcidas por la cama y por el suelo;
los besos que aún conservaban la ilusión
de besar el tiempo y la distancia
el calor de tu cuerpo fundiéndose
en las yemas de mis dedos.
Debí irme mucho antes de empezar la batalla
mucho antes de que la verdad
quedara a la intemperie
sin una caricia que pudiera resguardarla
sin una palabra que pudiera desdecirse
sin una mirada que conservara
la luz de las estrellas.
Debí irme a tiempo, pero el tiempo no existe
cuando amas.

lunes, 16 de mayo de 2016

Hablar al aire

“El labio que calla va convirtiéndose en cicatriz”.
(Luis Rosales)
Hablar con el aire sin ojos que te miren
sin gesto en la palabra
sin respuesta que acompañe a la pregunta,
a la queja a la lágrima.
Hablar en el silencio
al que presupones orejas
y hasta un corazón de plata
-- si me apuras--.
Hablar cuando las ansias
pueden más que la dignidad
de saber que nadie te escucha,
que el aire no es sino aire
mecido por recuerdos abandonados
en su memoria.
Hablar para no dar tregua a la locura.
Hablar aunque sea al aire al que repudias
para poder seguir creyendo que estás viva
aún sabiendo que la palabra
es el último estertor
antes de caer en la tumba
--del silencio--.

lunes, 7 de marzo de 2016

Oquedad

Y una cree haberse acostumbrado al silencio
donde sólo escuchas la voz
de tus propias preguntas y tus propias respuestas.
Nunca fui amiga de pedir consejo
ni gusto de dar ninguno a menos que me insistan.
De nada sirve la experiencia de otros
—a veces ni siquiera la de una misma—.
Una acaba en su concha hecha de trozos
de mar y de cielo,
y no existe otro lenguaje que el eco repetido
en la oquedad inmensa.
Y una entiende que el vacío es la ausencia
de abrazos y caricias
de las que reconfortan el alma y el cuerpo.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Armonía


“Nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”
-John Donne-
Tender a la armonía
con todo el frío aterrador
aterido aún a tu espalda,
y sentir una brizna de aire cálido
deshacer la escarcha de tu piel
sin importar lo que haya de venir;
así sea otro invierno inabarcable,
así sean, las mieles de otro sueño por soñar.
Tender a la armonía
Mientras suenan las campanas
y sentir en algún recóndito lugar
donde nunca cuajó la nieve

que hoy las campanas, no doblan por ti.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El calendario

Nunca nos dijimos adiós. Nunca nos atrevimos a pronunciar esa palabra. Volaba sobre nuestras cabezas sin encontrar la salida. Y se quedó revoloteando entre las hojas del otoño, entre los copos de nieve, entre los soles y las lunas que iban cayendo del calendario. Así supe que nos habíamos dicho adiós hace ya mucho tiempo. Fue un adiós lento, engañoso, cobarde. Un adiós sin palabras, sin gestos, sin fecha de caducidad.