
Siempre supiste todo cuanto pasaba por mi mente y por mi cuerpo. Eras mi fiel confidente. El único. Mi compañero. Sólo tú sabías de mis grandes y no tan grandes amores. Sólo tú conocías con quién dormía al caer la tarde. Sólo tú y nadie más, podría descifrar mis versos, el sonido íntimo del placer, el lugar exacto en el que existía, la presión justa, el momento más ardiente, el número de caricias por cada palmo de piel, los besos que medía... Sólo a ti confiaba cada nombre distinto con el que nombraba la luna y nombraba las mareas y las tormentas y los torrentes que discurrían cada noche por cada rincón oculto de la madrugada. Sólo tú escuchabas las palabras que se deslizaban bajo las sábanas, los suspiros que entregaba, los gemidos que arrancaba mi garganta. Solos tú y yo al final del día. Paciente, abriendo de par en par tus páginas para llenarlas con mi tinta. Siempre dispuesto a secar mis lágrimas, a dejar vaciar mi alma de palabras, a juntarlas una tras otra sin aliento y sin pausa. A veces hasta te quedabas dormido entre mis faldas y yo te acariciaba infinitamente, eternamente… y te daba las gracias. ¡Cuántas páginas hemos llenado juntos! ¡Cuántas fantasías derramadas! ¡Cuantos sueños, cuánto amor ha cabido!
Hoy ya, tan solo escribo en un diario de papel.