No recuerdo
ya el mes ni el año
-siempre es
ayer-
Cuando la
muerte derribó
la puerta de mi casa de un portazo.
Ni siquiera
tuvo la decencia
de apretar
el gatillo y matarme de un disparo.
Me hizo su
rehén
me robó el
cielo de los ojos,
los besos de
los labios,
las caricias
de la piel.
Llenó mi
boca de silencios
me ató las
manos a la espalda
cortó mis
alas de un tajo,
y ancló al
suelo mis pies.
Atrás
quedaron los paseos por la luna
la luz
naranja del amanecer,
las risas
cómplices de madrugada
y los sueños
que soñé una vez.
Se hizo la
dueña de todo cuanto amaba.
Me privó del
llanto
licuó mi
sangre hasta convertirla en agua,
confiscó mis
deseos más recónditos,
y me negó hasta
el derecho
a morirme
del todo.